Cada profesión y cada ámbito de la vida tienen su propio lenguaje. Para comprender bien una realidad es necesario conocer también las palabras con las que se expresa. La economía, la política, la medicina o el deporte emplean términos que, fuera de esos ámbitos, pueden resultar desconocidos o incluso adquirir un significado distinto. Lo mismo sucede en la Iglesia. El lenguaje eclesial conserva palabras que, aunque también se utilizan en la conversación cotidiana, no siempre significan exactamente lo mismo.
Siendo diácono, ejercí mi ministerio pastoral en la parroquia de San Cristóbal de Pamplona. Allí coincidía también con un seminarista que había recibido el ministerio instituido de acólito. En una celebración, el párroco iba a necesitar ayuda para distribuir la comunión y, antes de la misa, nos lo indicó en la sacristía. El seminarista me preguntó entonces:
—¿Tú o yo?
Le respondí:
—Saldré yo, porque tú eres ministro extraordinario de la comunión y yo soy ministro ordinario.
Al escuchar la conversación, la sacristana preguntó sorprendida:
—¿Y por qué no sale él, si dices que es el «extraordinario»?
La pregunta tenía toda la lógica. En el lenguaje corriente, «extraordinario» suele significar algo excepcionalmente bueno, admirable o superior a lo habitual. Decimos, por ejemplo, que alguien ha hecho un trabajo extraordinario o que hemos vivido una experiencia extraordinaria. «Ordinario», en cambio, puede sonar a algo común, corriente e incluso, en determinados contextos, adquirir un matiz despectivo.
En el lenguaje de la Iglesia, sin embargo, estas dos palabras responden a otro criterio. «Ordinario» procede de la idea de orden y designa aquello que corresponde habitualmente a una función o a un oficio. «Extraordinario», por su parte, se refiere a aquello que interviene fuera de esa situación habitual, cuando las circunstancias así lo requieren.
Por eso, al hablar de los ministros de la sagrada comunión, la distinción entre ordinarios y extraordinarios no establece una categoría de mayor o menor importancia. Los ministros ordinarios de la sagrada comunión son aquellos a quienes corresponde este servicio en virtud del sacramento del orden: el obispo, el presbítero y el diácono. El acólito instituido y otros fieles debidamente designados pueden ejercerlo como ministros extraordinarios cuando exista una verdadera necesidad.
Así pues, «extraordinario» no significa aquí «mejor», «más importante» o «más solemne». Significa sencillamente que alguien realiza una función que no le corresponde de manera habitual, sino en determinadas circunstancias. El ministro extraordinario no sustituye sin más al ministro ordinario, sino que presta un servicio cuando la situación pastoral lo requiere.
La palabra «ordinario» aparece también con otro significado propio del lenguaje de la Iglesia. En el ámbito canónico designa a determinadas autoridades que poseen potestad ordinaria de gobierno. Entre ellas se encuentra el obispo diocesano. De ahí expresiones como «Ordinario del lugar», muy frecuentes en documentos eclesiásticos (cf. Código de Derecho Canónico, c. 134).
Resulta curioso comprobar cómo dos palabras aparentemente sencillas pueden adquirir sentidos bastante distintos según el contexto en que se empleen. En la conversación cotidiana, «extraordinario» parece superar a «ordinario». En el lenguaje eclesial, en cambio, ambos términos describen ante todo la relación de una función con el orden habitual de la vida de la Iglesia.
Conocer este vocabulario no es una simple cuestión de precisión lingüística. Las palabras expresan también una determinada manera de comprender los ministerios, las funciones y la organización de la comunidad cristiana. Y, en este caso, nos recuerdan además algo importante: en la Iglesia, lo extraordinario no está llamado a desplazar lo ordinario, sino a ponerse a su servicio cuando es necesario.