El primer día de la semana, Cristo resucitó, haciéndonos renacer a la esperanza de la vida eterna (cf. 1Pe 1,3). Por ello, la comunidad cristiana se fue reuniendo el primer día de la semana, que con el tiempo se denominaría día del Señor, esto es, domingo (en latín: dies Dominicus), para actualizar la muerte y resurrección de Jesucristo, nacimiento de los creyentes a la vida eterna. Por ello el domingo debe ser la «fiesta primordial de los cristianos», como afirma el número 106 de Sarosanctum Concilium.
Por ello los fieles deben celebrar esta fiesta primordial participando en la Eucaristía, donde escuchan la Palabra de Dios y reciben como alimento el cuerpo y la sangre de Cristo resucitado. Y, como consecuencia, el domingo es día de alegría y de abstención del trabajo (cf. Sacrosanctum Concilium 106).
No señala la Constitución conciliar sobre liturgia otros rasgos del domingo, sin embargo, veinticinco años después, en 1988, el papa Juan Pablo II publicó una Encíclica dedicada al domingo con el título Dies Domini. En ella encontramos desarrollados otros aspectos del domingo como son: Día del Señor, día de Cristo, día de la Iglesia, día del hombre, día de los días; éstos destacan las dimensiones teológica, cristológica, eclesiológica, antropológica y escatológica del domingo, respectivamente.
Junto a esta conmemoración semanal de la Pascua de Cristo, destaca también la celebración anual de la pasión, muerte y resurrección en la solemnidad de la Pascua (cf. Sacrosanctum Concilium 102). De modo que el Triduo pascual es el centro del ano litúrgico. Al igual que el domingo constituye el núcleo de la semana, la solemnidad de Pascua es el corazón del año litúrgico.
Pero no solo la muerte y resurrección de Cristo es actualizada por los fieles cristianos. Sino que otros acontecimientos de la vida de Cristo, que denominamos «misterios», son celebrados en el círculo del año, «desde la encarnación y la Navidad hasta la ascensión, Pentecostés y la expectativa de la dichosa esperanza y venida del Señor» (Sacrosanctum Concilium 102).
De esta manera la obra salvífica de Cristo está presente en todo tiempo para permitir a «los fieles ponerse en contacto con ellos y llenarse de la gracia de la salvación» (Sacrosanctum Concilium 102).