16. FORMACIÓN LITÚRGICA

La renovación litúrgica, prevista y promovida por la Constitución conciliar sobre la sagrada liturgia, no se puede llevar a cabo con la observancia, casi mecánica, de cierto número de prescripciones, normas y reglas de ceremonias. La celebración es necesario vivirla. Por ello exige un espíritu, una mentalidad, un alma propia. De modo que es necesario una «iniciación» o educación litúrgica, una catequesis fundada en la liturgia. Es necesaria formación litúrgica para poder crecer en la capacidad de vivir plenamente la acción litúrgica, para seguir asombrándose ante lo que ocurre en la celebración.

Sacrosanctum Concilium dedicó cuatro números para explicitar la necesidad de formación. El número 15 habla de la formación de profesores de liturgia, el número 16 se centra en la formación litúrgica del clero, el número 17 se detiene en la formación litúrgica en los seminarios e institutos religiosos y, finalmente, el número 19 señala la necesidad litúrgica del pueblo de Dios.

Esta formación de la que habla el Concilio podemos entenderla como un «estudio» de la liturgia que nos permite conocer sus bases teológicas, sus textos eucológicos, su lenguaje simbólico, su estructura ritual, su valor antropológico, etc. Para conseguir esta formación podemos escuchar al magisterio, leer libros o artículos, asistir a clases y conferencias, participar en jornadas de estudio o congresos… Se trata del primer paso para poder entrar en el contenido de la celebración, o dicho de modo «técnico», para participar en el misterio celebrado.

Sin embargo, el papa Francisco en el número 34 de Desiderio desideravi, señaló que esta formación para la liturgia debe estar dirigida a la formación desde la liturgia, pues no debemos olvidar que la finalidad última de la formación litúrgica es poder pasar del conocimiento a la vivencia, poder ser transformados interiormente por el encuentro con el Señor vivo, resucitado de entre los muertos, presente en la Eucaristía y en las demás celebraciones litúrgicas. «El conocimiento del misterio de Cristo […] no consiste en una asimilación mental de una idea, sino en una real implicación existencial con su persona», para conformarnos con Cristo (Desiderio desideravi 41) hasta el punto de poder decir con san Pablo: «No soy yo, es Cristo quien vive en mí» (Gál 2,20).