El culto a los santos se introdujo en la Iglesia en los primeros siglos. En los orígenes fueron venerados solo los mártires. Pero, terminado el tiempo de las persecuciones se extendió el culto también a obispos, presbíteros, monjes, ascetas, vírgenes… cuya vida piadosa y mortificada equivalía, en cierta medida, al martirio.
Aquellos que, en palabras del apóstol san Juan, «están delante del trono de Dios dándole culto día y noche en su santuario» (Ap 7,15) son celebrados a lo largo del año litúrgico como ejemplo de la Pascua hecha realidad en ellos -dimensión cristológica-, como ejemplo para los fieles -dimensión antropológica- y como intercesores ante Dios -dimensión eclesiológica-. Estas son las tres razones que encontramos en el número 104 Sacrosanctum Concilium para justificar el culto a los santos: «Porque al celebrar el tránsito de los santos de este mundo al cielo, la Iglesia proclama el misterio pascual cumplido en ellos, que sufrieron y fueron glorificados con Cristo, propone a los fieles sus ejemplos, los cuales atraen a todos por Cristo al Padre y por los méritos de los mismos implora los beneficios divinos».
En la celebración de los santos subyace, en primer lugar, una razón cristológica, ya que es una manifestación de que la Pascua de Cristo se ha hecho realidad en uno de sus seguidores. «Las fiestas de los santos proclaman las maravillas de Cristo en sus servidores» (Sacrosanctum Concilium 111). Por tanto, en el santoral se celebra el único misterio de Cristo visto en sus frutos. En definitiva, Cristo es el protagonista.
En las celebraciones del santoral encontramos también una base antropológica. Ya que al volver nuestra mirada a un santo es poner ante nuestro ojos un ejemplo real de alguien que ha vivido con radicalidad el seguimiento de Cristo. De esta manera se manifiesta que el mensaje evangélico no es un ideal inalcanzable sino que ha cobrado vida en multitud de cristianos.
En tercer lugar, la Iglesia celebra a los santos para que ellos, que se encuentran ante el trono de Dios, intercedan ante el Padre por sus hijos que todavía peregrinan hacia la patria definitiva. De esta manera se manifiesta la comunión entre dos realidades existenciales de la misma y única Iglesia. Es la eclesiología la que aflora en este tercer y último rasgo de la veneración a los santos.