La Iglesia ha venerado a María en la liturgia desde la antigüedad. Este culto a la Virgen tiene su fundamento en los dos motivos que recoge el número 103 de Sacrosanctum Concilium: ser Madre de Dios y estar unida indisolublemente a la obra salvífica de su Hijo.
María concibió y dio a luz al Verbo de Dios, al Hijo de Dios, a la segunda persona de la Trinidad. Por tanto, al dar a luz a Jesús hombre estaba dando a luz al Jesús Dios, siendo por tanto la Madre de Dios.
Por otra parte, María es celebrada en la liturgia porque se encuentra indisolublemente ligada a su Hijo. Gracias al «sí» de María (cf. Lc 1,26-28), el Verbo de Dios se encarnó al llegar la plenitud de los tiempos (cf. Gál 4,4). Y es por ello también el fruto más espléndido de la redención, la primera salvada, la primera glorificada. La Virgen María solo tiene sentido en la obra de la redención en relación a su Hijo, su función en la historia de la salvación no puede desligarse de ser la Madre de Jesucristo. Mirar a María, debe llevarnos a mirar a su Hijo, como bellamente han tallado los artistas del románico al mostrar a la Virgen como la sede que presenta a Cristo al mundo.
Así, las celebraciones marianas del Calendario deben traslucir un trasfondo cristológico, ya que deben estar enraizadas en Cristo y en su Pascua. Desde su concepción inmaculada por la que la Virgen fue preservada de todo pecado para preparar una digna morada del Hijo de Dios en previsión de su muerte redentora (cf. oración colecta y prefacio de la solemnidad de la Inmaculada Concepción de la bienaventurada Virgen María) hasta su asunción a los cielos porque no podría conocer la corrupción del sepulcro la que concibió en su seno al autor de la vida, el Hijo de Dios encarnado (cf. prefacio de la solemnidad de la Asunción de la bienaventurada Virgen María), pasando por el resto de celebraciones marianas del Calendario.
La Virgen María fue presentada por los padres conciliares como como imagen de la Iglesia. Así Sacrosanctum Concilium no solo ha destacado la dimensión cristológica de María, al señalar su íntima unión a la obra redentora de su Hijo, sino también su dimensión eclesiológica, pues en María la Iglesia contempla lo que ella misma ansía y espera ser. María es el espejo en el que la Iglesia peregrina en el tiempo se refleja. María es primicia de todos los creyentes.