La liturgia se compone de palabras y gestos o, en palabras del Concilio, «textos y ritos» (Sacrosanctum Concilium 21) o «ritos y oraciones» (Sacrosanctum Concilium 48). Podemos decir que la condición sacramental de la liturgia necesita de ambos para visibilizar en nuestro mundo a Cristo, para traer al presente las palabras y acciones de Jesús que fueron salvíficas durante su vida terrenal y que gracias a los sacramentos se perpetúan en el tiempo y siguen, por tanto, siendo salvíficas para el hombre hoy.
Recordemos que la tradición ha definido los sacramentos como signos sensibles de la gracia invisible. La teología sacramental nos enseña que los signos y símbolos litúrgicos, expresando sólo aquello que quieren significar, son percibidos por nuestros sentidos, y así nos permiten conocer y entrar en contacto con otras realidades invisibles a nuestros sentidos.
Los textos y los ritos son la mediación sacramental para poder acceder a la salvación comportada por Cristo durante su vida y, de modo especial, con su pasión, muerte y resurrección. Cristo nos legó la vida divina, Cristo nos transmitió el amor de Dios, Cristo nos mostró el modo de vivir propio de los hijos de Dios. Pero el ser humano, por su naturaleza caída, tiende al pecado y al modo de actuar que éste conlleva y que la tradición concretó en los siete pecados capitales (soberbia, avaricia, lujuria, ira, gula, envidia, pereza). Y son necesarios los sacramentos y sacramentales para visibilizar la fuerza salvífica de Cristo, para que se opere la santificación del hombre, para alimentar la fe, para recibir fructuosamente la gracia (cf. Sacrosanctum Concilium 59). En definitiva, los sacramentos y sacramentales son necesarios para que la vida divina que late en cada cristiano gracias al bautismo aumente y que éste viva como hijo de la luz y no como hijo de las tinieblas (cf. 1Tes 5,5-10). «Por tanto, la liturgia de los sacramentos y de los sacramentales hace que, en los fieles bien dispuestos, casi todos los actos de la vida sean santificados por la gracia divina que emana del misterio pascual de la pasión, muerte y resurrección de Cristo» (Sacrosanctum Concilium 61). Los sacramentos y los sacramentales han sido instituidos para alimentar la vida cristiana.