La importancia de la celebración litúrgica es tal, que es el punto de llegada de toda la vida de la Iglesia: su acción evangelizadora y sus actividades pastorales deben desembocar en la celebración de la fe que se da en la liturgia. En palabras del propio Concilio: «la liturgia es la cumbre a la cual tiende la actividad de la Iglesia» (Sacrosanctum Concilium 10). Las razones que expone la Constitución para esto son que «los trabajos apostólicos se ordenan a que, una vez hechos hijos de Dios por la fe y el bautismo, todos se reúnan para alabar a Dios en medio de la Iglesia, participen en el sacrificio y coman la cena del Señor» (Sacrosanctum Concilium 10).
La liturgia tiene por eso una función centralizadora y unificadora de todas las actividades de la Iglesia. La evangelización y la catequesis no son fines en sí mismas, sino que tienden a llevar a los hombres a la plena comunión con Dios, a participar en la salvación, operada en Cristo y hecha presente en la celebración litúrgica.
Pero también «la liturgia es la fuente de donde mana toda la fuerza [de la actividad de la Iglesia]»; «de la liturgia […] mana hacia nosotros la gracia como de su fuente» (Sacrosanctum Concilium 10). Los cristianos, encendidos a través de la liturgia en el amor de Dios, deben anunciar a los demás aquello que han visto y contemplado, testimoniar en la vida lo que han recibido por la fe. Esta centralidad deberá ser tenida presente en todas las acciones catequéticas y pastorales de la Iglesia.
Dirá a este respecto el papa Francisco en su Carta apostólica sobre la formación litúrgica del pueblo de Dios Desiderio desideravi: «No hay ningún aspecto de la vida eclesial que no encuentre su culmen y su fuente en ella. La pastoral de conjunto, orgánica, integrada, más que ser el resultado de la elaboración de complicados programas, es la consecuencia de situar la celebración eucarística dominical, fundamento de la comunión, en el centro de la vida de la comunidad». Pero no se pueden entender estas palabras como si todo se redujera al aspecto cultual, ya que «una celebración que no evangeliza, no es auténtica». E igualmente no es auténtico «un anuncio que no lleva al encuentro con el resucitado en la celebración» (núm. 37).