8. LA LITURGIA INFLUYE EN LA IGLESIA Y LA MANIFIESTAN

La relación entre liturgia e Iglesia es intrínseca porque las celebraciones influyen en la Iglesia y la manifiestan (cf. Sacrosanctum Concilium 26).

La liturgia influye en la Iglesia porque los sacramentos -y toda la vida litúrgica- comunican a los creyentes el misterio de la comunión con Dios, uno y trino (cf. Catecismo de la Iglesia católica 1118). Los sacramentos, por tanto, repercuten en los miembros de la Iglesia. Así, por medio del bautismo aumentan los hijos de la Iglesia, por medio de la confirmación la fe de los creyentes es robustecida, por medio de la eucaristía se alimenta a todos los cristianos para que sean reflejo en sus vidas de Cristo que comulgan, por medio de la unción se alivia la enfermedad de los miembros de la Iglesia que sufren, por medio de la penitencia se readmite en la comunidad a los cristianos alejados por el pecado…

Y, además, la liturgia es «la principal manifestación de la Iglesia», como ya había afirmado san Ignacio de Antioquía a finales del siglo i e inicios del ii en varias de sus cartas (A los Magnesios 7; A los Filadelfios 4; A los Esmirniotas 8). Esta teología litúrgica de la Iglesia local será ahondada en los números 11-14 del Ceremonial de obispos, publicado en 1984. Como señalará el Misal, con el saludo inicial de la celebración («El Señor esté con vosotros») y la respuesta del pueblo («Y con tu espíritu») se «manifiesta el misterio de la Iglesia congregada» (Ordenación General del Misal Romano 50).

La manifestación de la Iglesia «se realiza en la participación plena y activa de todo el pueblo santo de Dios en las mismas celebraciones litúrgicas, particularmente en la misma eucaristía, en una misma oración, junto al único altar donde preside el obispo, rodeado de su presbiterio y ministros» (Sacrosanctum Concilium 41). Esta celebración eucarística que es presidida por el obispo diocesano se denomina misa estacional (cf. capítulo I del Ceremonial de obispos). Además, tiene una expresión ritual específica: se emplean siete candelabros, a semejanza de la liturgia celestial descrita por san Juan donde también ardían siete velas (cf. Ap 1,12-13). Así, la Iglesia local reunida para la celebración eucarística es vista como una expresión de la plenitud del culto que acontecerá en la Jerusalén celestial.