3. LA LITURGIA: CULTO A DIOS

Las intervenciones de Dios a lo largo de la historia de la salvación, la relación de amistad que Dios ha establecido con nosotros, la muerte salvífica de Jesús en la cruz y su triunfo sobre la muerte, la vida de Cristo resucitado compartida con el ser humano, no puede menos que tener como respuesta nuestro culto al Padre celestial. Se trata de la dimensión ascendente de la liturgia.

Esta dimensión queda recogida en diferentes números de Sacrosanctum Concilium: «En Cristo se realizó plenamente nuestra reconciliación y se nos dio la plenitud del culto divino» (núm. 5). «Esta obra de la redención humana y de la perfecta glorificación de Dios…» (núm. 5). «En esta obra tan grande por la que Dios es perfectamente glorificado y los hombres santificados, Cristo asocia siempre consigo a su amadísima esposa la Iglesia, que invoca a su Señor y por él tributa culto al Padre eterno» (núm. 7). «En ella [la liturgia] los signos sensibles significan y, cada uno a su manera, realizan la santificación del hombre, y así el cuerpo místico de Jesucristo, es decir, la cabeza y sus miembros, ejerce el culto público íntegro» (núm. 7). «De la liturgia […] mana hacia nosotros la gracia como de su fuente y se obtiene con la máxima eficacia aquella santificación de los hombres en Cristo y aquella glorificación de Dios, a la cual las demás obras de la Iglesia tienden como a su fin» (núm. 10). Como vemos, al explicar la dinámica de la liturgia siempre se mencionan conjuntamente la acción de Dios hacia nosotros (dimensión descendente) y la respuesta (dimensión ascendente), porque nuestro culto es respuesta a la intervención salvífica divina.

En la liturgia nosotros alabamos, bendecimos, adoramos, glorificamos, damos gracias a Dios por sus intervenciones en nuestra historia y particularmente por la muerte y resurrección de su Hijo en nuestro favor. Dios nos ha donado su amor, Dios nos ha santificado, Dios nos ha salvado del pecado, Dios nos ha liberado de la muerte, Dios nos ha hecho partícipes de su vida divina, inmortal y gloriosa. Así que nosotros no podemos menos que responder con nuestro culto. Como dice el refrán, amor con amor se paga.

El culto que tributamos a Dios en las celebraciones es, por tanto, una de las razones principales del ser de la liturgia, como afirma Sacrosanctum Concilium «la sagrada liturgia es principalmente culto de la divina majestad» (núm. 33).

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